Me detengo en una banca frente al mar, hace frio, me abotono el saco y meto las manos en los bolsillos, me dedico a observar: Espejo, los límites del aire y del agua juegan con sus especies, aproximándolas /Algunas aves sobrevolando muy cercanas al agua, deseosas de un agitado pez en la superficie/Lo ve, lo calcula, acelera y lo pesca. Quedará ciega pronto y morirá en el mar, de hambre; pero ahora come. Yo observo.
Se acerca un niño: lleva un saco como el mío, no debe tener más de diez años, se acerca más. Llega a la banca y se sienta. Observo el mar, regreso a mi horizonte pero un roce me distrae, un pequeño pie tocaba mi pierna, el bebe está a punto de caer. Lo tomo en mis brazos y miro alrededor: el bebe que llora, la arena, el mar y yo, no más. Siento en mis brazos como el peso aumenta, hasta que no puedo levantarme, pesa cada vez más y el mar se acerca, es gentil, pero viene a tocarme, mis pies, el agua es tibia; mis rodillas, mis piernas, estoy asustada; mi estomago y el bebe se sumergen, el bebe deja de llorar justo cuando yo comienzo; mi pecho, mi cuello, puedo sentir el agua salada, puedo ver como el bebe traga agua y se agita en mis brazos ante la falta de aire. Estoy bajo el agua, el crio se calma y se transforma en pez y deja mis brazos. Se va el fondo del mar, hasta que no lo veo más. Se me acaba el aire, me impulso con fuerza y puedo ver el sol a través del agua, a lo lejos.
